Leyendas mexicanas de terror

 

Cuando termino la revolución, la situación en todo el país se torno inestable, en nuestra heroica ciudad empezaron a brotar enfermedades incontrolables para la época, esos males se propagaban como pólvora, el olor a muer. y putrefacción rondaba por todo el pueblo, la gente enferma salía a las calles simplemente esperando que pasara lo inevitable, la muerte.
Leyendas mexicanas de terror
Era el tiempo de la peste decían los mayores, tiempo en que los cadáveres eran parte del paisaje cotidiano de Ejutla (Oaxaca) una cantidad incontable de hombres, mujeres, niños y niñas, fueron abandonados a su suerte sin alguien que pudiese auxiliarlos, algunas almas bondadosas les llevaban alimentos a escondidas a quienes agonizantes no podían valerse por si mismos, la situación se agravaba cuando alguno que aún podía caminar se quería pasar de listo y arrebatar el alimento con violencia, era la miseria la decadencia social. Por eso casi nadie salía de su casa y cuando lo hacia no quedaba otra que ir esquivando y en ocasiones hasta pisando los hombres que yacían en el suelo, tal atrocidad provocaba que muchos familiares ya no quisieran saber ya nada de ellos por temor al contagio y porque no había dinero suficiente para darles un honorable sepelio, tal numero de gente muerta y abandonada tenía que tener un destino, algún tipo de solución y es que el hedor ya era insoportable y hacia mayor el riesgo de contagio de muchas enfermedades, es por eso que cuando la situación se volvió casi incontrolable, una carreta tirada por caballos pasaba todos los días al levantar viajes y viajes de cuerpos corroídos por la descomposición a los cuales conducía hasta una fosa común, en donde si una flor o una lagrima eran abandonados cruelmente. Viaje tras viaje la carreta iba y venia dejando mas y mas cuerpos en aquel oscuro lugar, las calles de Ejutla se iban limpiando, pero no así las conciencias de los familiares que habían abandonado a su suerte a aquellas almas perdidas, cuando ya casi habían acabado de acarrear los cuerpos, los individuos que conducían la carreta, y que habían llevado a los muertos a su ultima morada fueron los últimos en morir junto a los dos muertos que la jalaban, seguramente se contagiaron de algún tipo de enfermedad o quizás ver tanta mortandad pudrió sus corazones hasta convertirlos en cenizas, su suerte fue ir a parar como todos los demás a ese tenebroso lugar, al cual ya estaban acostumbrados, ese enorme y oscuro agujero que ahora era la morada del dolor y desesperación que sufrieron los que allí terminaron arrojados los cuerpos, la fosa fue cerrada, la gente se olvido rápido de lo sucedido querían borrarlo de sus memorias, fingir que nada había pasado y continuar con sus vidas, un sacerdote conciente de lo que podía suceder fue hasta el lugar donde yacían tantas personas muertas por la peste, con agua bendita y un crucifico hizo la señal de la cruz y rezo y rezo por el eterno descanso de todas aquellas personas, sin embargo ya era demasiado tarde, no fue cosa de una sola persona, no fue una simple ilusión la gente del pueblo seguía escuchando aquella carreta pasar por las calles, seguramente tripulada por los mismo hombres y tirada por los mismo caballos que habían arrojado a la fosa, todas las noches se escuchaba el crujir de las llantas el trotar de los caballos y asta lamentos y gritos de dolor que intimidaban hasta el mas valiente, la gente del pueblo la bautizo como la carreta de la muerte que regresaban noche a noche reclamando el olvido y desidia de los que dejaron morir a tantas personas sin un signo de piedad si no una migaja de compasión, algunos cuantos incluso juraban haberla visto, la describían como una vieja carreta torcida que rechinaba escalofriantemente, jalando cadenas y que era tirada por dos enormes caballos negros con ojos rojos como el infierno, otros más contaban que detrás de la carreta había un tumulto enorme de gente en silencio cargando una vela como en una procesión, todas las noches el recorrido era exactamente el mismo, los rechinidos, las cadenas, los lamentos, mientras la carreta se escuchaba se podía percibir un olor a podredumbre, era el mismo aroma fétido de la peste, nadie salía a curiosear, estaba prohibido siquiera mirar por la ventana y no había quien se sintiese tan valiente como para enfrentarla, por la mañana muchos pretendían explicar los sucedido, buscar la razón de tan putrefacto olor, son animales muertos decían los más incrédulos, sin embargo nunca encontraron rastro de algún cuerpo en descomposición, el pueblo entero estaba aterrado por la extraña situación que se vivía, nadie quería salir mas por las noches, para no encontrarse en el oscuro camino con la carreta de la muerte, fue entonces cuando un grupo de gente decidió llamar al sacerdote para rogarle que volviera a la fosa a orar por las almas de sus familiares caídos y fue así como llegaron hasta el lugar con velas, flores, lagrimas y bendiciones prácticamente todos los habitantes de Ejutla , rezaron todo el día, dejaron la ofrenda y esperaron, después de ese día las noches se tranquilizaron y las noches volvieron a ser normal, sin embargo a veces por las noches y si pones mucha atención todavía puedes escuchar a la carreta de la muerte.

Fuente: Ejuteca radio

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